
Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid
18 de agosto de 2026No se lo diga a los médicos y enfermeras de Ceuta. No se lo diga a policías y guardias civiles. No se lo diga a quienes trabajan en los servicios sociales, a quienes intentan mantener la ciudad funcionando ni, sobre todo, a los ceutíes que llevan semanas viendo cómo su ciudad ha cambiado radicalmente.
Y tampoco se lo diga a las miles de personas que han llegado y permanecen en unas condiciones absolutamente lamentables. Ni nos acuse de racistas por decirlo.
Mónica García ha ido a Ceuta y parece haber vuelto empeñada en explicarnos que la realidad es otra, pues va a ser que no.
Existe una forma de hacer política que empieza a resultar insoportable. Ante un problema, la prioridad parece no ser resolverlo, sino bautizarlo. Encontrar la palabra adecuada, seleccionar el dato conveniente y construir una explicación que permita mantener intacto el discurso.
En Ceuta podemos discutir eternamente si existe colapso, tensión, crisis, emergencia o cualquier nueva categoría que inventemos. Me da igual. Una ciudad española está soportando una situación extraordinaria y quienes están allí llevan días diciéndolo.
La propia ministra reconoce profesionales trabajando al 120 %, un incremento cercano al 50 % en Urgencias, miles de personas atendidas, más de 60 profesionales de refuerzo y riesgos epidemiológicos. Pero parece que lo importante es convencernos de que eso no significa lo que estamos viendo.
La realidad, sin embargo, tiene una enorme mala educación. Se empeña en seguir existiendo. Y resulta particularmente difícil aceptar esta lección de quien hizo buena parte de su carrera política denunciando presuntos colapsos sanitarios en Madrid. Mónica García encontraba entonces con extraordinaria facilidad recortes, abandono y colapso en la que considero una de las mejores sanidades de España. Sabía ponerse detrás de una pancarta, acompañar las protestas y convertir cada dificultad asistencial en una denuncia del fracaso del Gobierno de Ayuso.
Ahora algunos de aquellos médicos de los sindicatos que protestaban con ella piden su dimisión. Curioso. Los médicos son prácticamente los mismos. No digo yo que a algunos no les guste pedir dimisiones, pero la que ha cambiado de sitio es ella.
Y con el cambio de sitio parece haber cambiado también el significado de las palabras. Lo que antes era colapso ahora es tensión. Lo que antes demostraba falta de recursos ahora se convierte en actividad asistencial mantenida. Lo que antes merecía una pancarta ahora merece un porcentaje.
Ceuta tiene además un inconveniente especialmente molesto para este ejercicio. Su asistencia sanitaria depende del Ministerio de Sanidad. Esta vez no hay una comunidad autónoma gobernada por el adversario a la que atribuir la gestión o acusar de cualquier maldad.
Aunque culpables siempre se buscan. Marruecos, el Gobierno ceutí, los espacios que deberían haberse habilitado. Habrá responsabilidades para todos. Pero buscar responsables fuera no hace desaparecer las propias.
Y aquí Ceuta deja de ser solamente un problema sanitario y empieza a mostrar algo que, a mi juicio, resulta mucho más preocupante. Demasiados ministros parecen convencidos de que controlar el relato equivale a controlar la realidad. Si el problema pertenece al adversario, se amplifica. Si perjudica al Gobierno, se relativiza. Y cuando la responsabilidad es propia aparecen los matices, los porcentajes y las explicaciones.
No funciona. Los ceutíes saben perfectamente lo que están viviendo. Los profesionales también. Los policías y guardias civiles no necesitan que nadie les explique desde un despacho aquello que llevan semanas teniendo delante.
Mónica García puede seguir buscando la palabra que le resulte más cómoda, pero hay algo que ningún Ministerio puede fabricar. Una realidad alternativa.
Gobernar no consiste en explicar a los ciudadanos que la realidad no es como ellos la ven. Consiste en conseguir que deje de ser como la están sufriendo.