
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
8 de abril de 2026Hay reuniones que se celebran para resolver problemas y hay reuniones que se celebran para dar la impresión de que se está haciendo algo. Las que mantiene periódicamente el Ministerio de Sanidad con los representantes del colectivo médico llevan demasiado tiempo instaladas, con una peligrosa comodidad, en la segunda categoría. No es un juicio temerario, sino el dictado de la experiencia acumulada de quienes, convocatoria tras convocatoria, siguen sentándose a una mesa donde los platos llegan vacíos.
Hasta el momento, y seguro que seguirá siendo así, las formas se han respetado con escrupulosa corrección: saludos protocolarios, orden del día distribuido con antelación y declaraciones a la salida medidas al milímetro para no comprometer a nadie. Pero el fondo, ese territorio incómodo donde viven los compromisos reales, ha vuelto a quedar pendiente. Aplazado y diluido en la neblina de los próximos pasos a concretar en futuras sesiones de trabajo. El escepticismo que envuelve estas citas no es, como a veces se quiere presentar desde las instancias oficiales, una actitud corporativista ni una estrategia de presión sindical; sencillamente es la respuesta racional de un colectivo que ha aprendido a leer las señales.
¿Qué se pierde cuando una reunión fracasa antes de terminar? No solo tiempo, aunque también, lo que se pierde, de manera irreversible, es la confianza. Y la confianza, como cualquier bien escaso, no se recupera con buenas palabras ni con fotografías de apretones de manos.
Cada encuentro malogrado es una pérdida de oportunidad, no es un dato abstracto. Una pérdida de oportunidad que se mide en profesionales que tramitan su traslado, en plazas MIR que quedan sin cubrir en determinadas especialidades y en pacientes que esperan en listas cada vez más largas a médicos que el sistema ha ido perdiendo por agotamiento o por hartazgo.
Es justo reconocer que la negociación entre una Administración y un colectivo profesional de la complejidad y el tamaño de la Sanidad no es sencilla. Las competencias están fragmentadas entre el Estado y las comunidades autónomas, los presupuestos tienen límites reales, y las demandas de los distintos sindicatos y colegios no siempre convergen. Todo eso es cierto, pero la dificultad de un problema no exime de la obligación de abordarlo con seriedad. Y la seriedad, en este contexto, tiene un significado muy concreto: llegar a la mesa con propuestas que superen el cofre de las buenas intenciones.
Ahí está precisamente el nudo gordiano de este conflicto crónico. El Ministerio acude con disposición al diálogo -que no es lo mismo que acudir con voluntad de acuerdo- que se ha convertido en un fin en sí mismo. Y el colectivo médico, por su parte, se ha instalado cómodamente en la queja permanente, sin asumir su parte de responsabilidad en la búsqueda de soluciones.
La denuncia legítima no puede ser el horizonte, debe ser el punto de partida. Los profesionales de la medicina tienen en sus manos una palanca de influencia social formidable y usarla únicamente para bloquear o para presionar, sin ofrecer propuestas concretas y negociables, es también una forma de contribuir al estancamiento.
Lo que este país necesita, con urgencia real y no con urgencia declarada, es un pacto de Estado sobre el modelo sanitario. No una hoja de ruta sin más, no un documento de consenso que ocupe estantes y no opere sobre la realidad, sino un compromiso político transversal que fije las condiciones laborales, la carrera profesional, la financiación y el modelo de gestión de la sanidad pública para las próximas décadas. Un pacto que obligue a todos los actores, que trascienda los ciclos electorales y que ponga al profesional en el centro del diseño, no en el extremo receptor de las decisiones tomadas sin ellos.
Mientras ese pacto no exista seguiremos celebrando reuniones, seguiremos leyendo notas de prensa que hablan de avances sustanciales en un clima de diálogo constructivo y seguiremos viendo cómo los quirófanos se cierran por falta de anestesistas o cómo los centros de salud limitan las agendas por falta de médicos de familia.
Hay una frase que circula entre los médicos más veteranos, la que tienen los que llevan décadas en esto y han visto ya demasiadas negociaciones acabar en nada: “Nos reunimos mucho y avanzamos poco”. Una frase que debería grabarse en la sala donde se celebran las reuniones, no como decoración, sino como advertencia.