
Por Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable
26 de enero de 2026El examen ya ha terminado. Al fin. Afuera el frío de enero parece distinto, como si el aire mismo respirara alivio. Durante meses miles de médicos han vivido entre simulacros, cafés fríos y montones de subrayadores gastados. Ahora, sin embargo, el silencio pesa. No hay más preguntas tipo test, pero sí una nueva, más grande, más insoportable: ¿y ahora qué?
Quien ha pasado por el MIR sabe que el examen no termina con la última pregunta, comienza entonces esa otra prueba, invisible y universal: la espera. Esa sensación de vivir suspendido entre dos vidas -la que se preparó con disciplina alemana y la que aguarda paciente en un futuro todavía sin nombre-. En los días que siguen las conversaciones giran en torno a los mismos números: “¿Cuánto crees que saqué?”, “Mi academia dice que tengo buena nota”, “Con este resultado quizá me dé para Cardiología”. Hay esperanza, pero también un vértigo muy humano: el de quienes saben que cada cifra puede cambiar un destino.
Y es que detrás de cada aspirante hay una historia distinta. Están los que sueñan con un quirófano lleno de luces y precisión, y los que imaginan pasillos de Pediatría o consultas de Neurología. Todos, sin excepción, comparten la misma inquietud: no saber dónde terminará su camino, ni qué bata vestirán cuando su nombre aparezca en la lista definitiva.
Los días de espera se miden en “refresh” de la web del Ministerio, en mensajes cruzados con compañeros que se han vuelto casi una familia. Algunos vuelven a la lectura por placer -ese lujo que el estudio robó-, otros viajan, duermen o, simplemente, descansan de sí mismos. Pero todos llevan a cuestas ese ronroneo constante del pensamiento: ¿el esfuerzo habrá merecido la pena?
Tal vez lo que hace único este periodo no sea solo la incertidumbre, sino también la madurez que deja. Por primera vez uno entiende que no todo depende del esfuerzo ni del control, que la medicina -como en la vida- exige una dosis de aceptación. Y que, pase lo que pase, cuando lleguen los resultados no definirán tu valor como médico, sino apenas el punto de partida de una historia que recién comienza.
Porque, al final, ningún número puede medir la vocación que mueve a levantarse cada día, la empatía ante un paciente, el temblor de una primera guardia o la serenidad que se aprende con los años. Lo demás -la especialidad, el hospital, el ranking- vendrá y pasará. Pero la espera, esa espera colectiva y palpitante, nos recordará siempre que el futuro no se elige solo con respuestas correctas, sino también con la paciencia de quien se atreve a soñar despierto.
Muchos descubren durante la espera que su vocación no está tallada en piedra. Que aquel sueño de la infancia -ser cirujano, pediatra o psiquiatra- puede mutar cuando el cansancio se disipa y la mirada se amplía más allá del examen. Los foros y grupos de estudio se llenan de debates que suenan a confesión: “Me doy cuenta de que me gusta más hablar con los pacientes que estar en quirófano”, “Yo quería Neurología, pero cada vez pienso más en Familia”. Es el primer síntoma de madurez profesional: entender que la medicina no es un destino, sino un viaje con desvíos posibles.
También es un tiempo de reconciliaciones. Con los amigos a los que apenas se contestaba los mensajes, con las familias que aprendieron a convivir con el silencio de las bibliotecas, incluso con uno mismo. De repente, los días sin planes se vuelven un espacio para bajar el ritmo y recordar por qué se eligió esta carrera. No por competir, sino por cuidar. No por memorizar, sino por comprender.
Mientras tanto la incertidumbre se cuela incluso en los sueños. Hay noches en que se revisan mentalmente los fallos del examen, otras en las que se fantasea con una bata nueva y un nombre bordado en el pecho. Y aunque cada aspirante lo vive a su manera la sensación compartida es la de estar cruzando un umbral, el paso de ser estudiante a convertirse, por fin, en médico residente.
Cuando el Ministerio publique, por fin, el listado definitivo unos celebrarán entre lágrimas y otros harán cuentas otra vez. Pero casi todos mirarán atrás con una mezcla de vértigo y ternura porque habrán entendido que el MIR no solo selecciona médicos: los forja. Que más allá del número de orden, la verdadera marca de esta etapa está en lo que deja dentro, esa resiliencia, esa humildad, esa capacidad de empezar de nuevo incluso cuando no todo salió como esperabas.
Al final, cada uno encontrará su sitio: en un hospital grande o en un centro rural, entre quirófanos o consultas, en la ciencia o en la docencia. Pero siempre con la certeza de que esa espera, la más larga y silenciosa, fue también el momento en el que empezaron a ser, de verdad, lo que un día soñaron ser de mayores.