
Por Miguel Ángel Bufalá, médico internista
29 de septiembre de 2026Inicio mi reflexión confesando no ser para nada un experto en informática y sí un “digital” casi básico.
Es continuo el bombardeo que, por cualquier medio de información, recibimos a diario y de forma controvertida respecto a sus bondades y a sus riesgos, llegando a advertir incluso algunos de los personajes más punteros en su desarrollo del riesgo de provocar el fin de la humanidad.
Debemos tener en cuenta que, queramos o no, la IA ya nos acompaña en múltiples actividades de nuestra vida cotidiana e, inexorablemente y de forma acelerada, aumentará su presencia.
A nivel de sanidad, que es lo que nos compete, es indiscutible la bondad de esta “herramienta” para ser usada en cualquiera de las actividades sanitarias fundamentales (asistencial, prevención, investigación y docencia).
En la clínica, facilita desde una enorme disminución del tiempo para cribados en Radiología hasta la precocidad en el diagnóstico, el abaratamiento del proceso y una mayor personalización del paciente, integrando historiales, incompatibilidades, etc. Esto hoy es ya un hecho en múltiples servicios clínicos, con algoritmos incluso propios según actividad, protocolos, etc.
De cara a la investigación, también es incuestionable la aceleración en la revisión de resultados, revisiones estadísticas, etc., catalogando con mayor facilidad la evidencia científica.
Y, a nivel docente, deberá facilitar la enseñanza y ayudar a la actualización de docentes y alumnado.
Para evitar su lado negativo, la sociedad ha de forzar una regulación que evite perjuicios a grupos y a personas individualmente. Este proceso ya empezó en 2024 con el Reglamento de la Unión Europea y se ha ampliado con normativas posteriores, estimulando la transparencia (informar al paciente de su utilización, crear normativas de uso en los grupos, organizaciones, servicios, etc.).
También se deberá educar a la población para evitar que su utilización por no profesionales pueda confundirla y llevarla a cuestionar la opinión de los titulados.
En cualquier caso, la IA ha llegado para quedarse y crecer, como ha pasado a lo largo de la historia con cualquier invento, herramienta o actividad innovadora, pero, en sanidad, nunca podrá sustituir la “empatía” obligada al compartir sentimientos y emociones del paciente y su médico, lograda bilateralmente con el hablar y escuchar durante el proceso, junto a la ternura del contacto físico y el obligado “mirar a los ojos” de médico y paciente. Ninguna tecnología ni aplicación debería deshumanizar la Medicina.
Nota: Casi no ha nacido y ya le quieren cambiar el nombre a Superinteligencia y no sé si han preguntado a la IA qué le parece.