
Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid
16 de febrero de 2026La huelga médica, tal y como se plantea en los sistemas públicos, nace de motivos legítimos, pero termina siendo una herramienta injusta. No pretende transformar aquello que necesita ser transformado y, en cambio, provoca un daño directo sobre quienes no tienen ninguna responsabilidad en el conflicto. En cada convocatoria, los ciudadanos y los pacientes acaban convertidos en rehenes de un chantaje que no les pertenece. Cuando una protesta presiona al más vulnerable como intermediario en lugar de presionar directamente al responsable, pierde utilidad, legitimidad y sentido. La vida cotidiana del paciente se convierte en moneda de cambio dentro de una negociación que no ha elegido. La reputación del médico se resiente mientras el ciudadano soporta la carga de un conflicto ajeno.
También existe un daño simbólico difícil de reparar. La medicina se sostiene sobre un pacto de confianza entre el profesional y el paciente. Ese pacto implica disponibilidad, responsabilidad y cuidado. Cuando se interrumpe, aunque sea por razones comprensibles, la confianza se resquebraja. Un sistema sanitario sin confianza es un sistema debilitado, y una huelga prolongada abre grietas que tardan años en cerrarse.
Y, finalmente, la huelga es inútil porque desvía la atención del verdadero problema. El malestar del colectivo médico no nace de un episodio aislado, sino de una acumulación de frustraciones que el sistema no ha sabido resolver durante demasiado tiempo. La huelga es un síntoma, no un tratamiento.
A partir de aquí, conviene analizar la raíz del conflicto. Las movilizaciones en torno al Estatuto Marco son la consecuencia de años de desatención institucional. El debate no gira en torno a una tabla salarial o a una jornada concreta, sino alrededor del lugar que ocupa el médico dentro de un sistema que depende de él para funcionar, pero que lo mantiene relegado en representación, motivación y dignidad retributiva.
La estructura sindical actual agrupa perfiles profesionales muy distintos y diluye la voz del médico. La responsabilidad clínica y el impacto en la seguridad del paciente no son comparables a los de otros colectivos, pero el sistema de representación los trata como si lo fueran. Los sindicatos estrictamente médicos tienen una influencia limitada y esta falta de peso impide que cualquier reforma del Estatuto Marco en este sistema se refleje la realidad del médico.
A esta carencia se suma un sistema que no reconoce la productividad efectiva ni la excelencia asistencial. Resolver mejor, evitar complicaciones o mejorar la experiencia del paciente no tiene reflejo en la carrera profesional ni en la retribución. Esta desconexión alimenta la desmotivación y la fuga de talento. Un sistema que no premia la calidad asistencial está condenado a perderla.
El problema más visible es el salarial. Los médicos españoles asumen una responsabilidad enorme con retribuciones que no están a la altura. Con salarios poco competitivos es imposible atraer y retener a los mejores especialistas. No se trata de pedir privilegios, sino de reconocer el valor real y la productividad de quienes sostienen la columna vertebral del sistema sanitario.
A todo esto se añade una paradoja política difícil de ignorar. La ministra que durante años se unió a protestas y alentó movilizaciones del brazo de los sindicatos médicos, descubre ahora que la protesta médica ya no le sirve. Lo que antes era útil para desgastar al adversario se convierte hoy en un problema que gestionar. Esa incoherencia no pasa desapercibida para los profesionales y alimenta aún más la sensación de desamparo. Ahora tenemos al equipo de divulgación del “peligro de la privatización” buscando desviar el debate hacia un mantra obsoleto que, además, es mentira.
Todo converge en una idea esencial. Sin médicos motivados, bien representados y justamente retribuidos, no existe un sistema sanitario sostenible. El médico no es un gasto, sino una inversión estratégica. Cuidar a los médicos es cuidar al sistema y cuidar al sistema es cuidar a los ciudadanos.