
Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid
2 de enero de 2026Finalizado el año 2025, han sido nulos los avances para resolver los problemas de nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS). No quiero ser pesimista, pero lo que ha pasado durante el pasado año augura un panorama igual o peor para el que empieza.
Seguimos teniendo la misma crisis estructural del SNS que venimos arrastrando desde hace mucho, sin haberlo adaptado a los nuevos tiempos ni querer ver la realidad que está pidiendo a gritos reformas reales. Pero tenemos un Ministerio que está más pendiente de tomar medidas ideológicas o dogmáticas, que únicamente pueden empeorar nuestra sanidad, que ofrecer unas reformas que hagan viable y eficiente nuestro sistema.
La falta de liderazgo estatal ha provocado que las diferentes comunidades autónomas hayan tenido que avanzar por su cuenta, buscando el impulso en medidas organizativas, tecnológicas y asistenciales, sin un marco que las acompañe para hacerlas rentables.
Hemos seguido jugando con el gasto sanitario público, haciendo que las cifras se confundan mediante la demagogia fácil y muchas veces con argumentos contradictorios, que dicen mucho de estar defendiendo ideología en lugar de gestión. Al final, también las comunidades autónomas han tenido que lidiar solas con la infrafinanciación, mientras el Ministerio sigue mirando para otro lado.
Otro de los problemas de la sanidad es el malestar profesional, que este año se ha visto incrementado de forma notable.
El Ministerio ha sido capaz en 2025 de unificar al colectivo médico a nivel nacional en sus demandas y reivindicaciones, llevándolo a la huelga. La frustración de todo el colectivo sanitario ante la sobrecarga asistencial, la dificultad para reponer plantillas y la ausencia absoluta de incentivos que reconozcan la responsabilidad y la productividad, se habían mantenido silenciadas gracias a una vocación que ha sostenido el sistema durante mucho tiempo. Pero no hay nada como usar la demagogia para hacer que los profesionales digan “basta”. Los que antes se ponían detrás de las pancartas, abrazados al sindicalismo para reivindicar mejoras, hoy buscan trincheras desde donde frenar esas mismas reivindicaciones.
Y qué decir del avance del sector privado y de la presión por la inversión que suscita nuestro sector sanitario. La falta de reformas impide de forma manifiesta el desarrollo de la eficiencia en el sistema público, mientras se combate desde el Ministerio cualquier progreso que tenga que ver con la iniciativa privada. Es negar la mayor. La colaboración público privada potencia nuestra sanidad, no como futuro, es ya una realidad.
Hace unos días se presentó un ranking donde el primer puesto lo tenía un hospital público de gestión privada de Madrid (Fundación Jiménez Díaz). Pero da igual quien haga la clasificación y los criterios de la misma. Al final se demuestra que hospitales públicos de gestión privada pueden conseguir muy buenos resultados, mientras seguimos de forma implacable, demonizando un sistema de gestión mucho más eficiente y productivo para el sistema, para los profesionales y para los pacientes.
La realidad es que el ejemplo de Madrid sería suficiente para abordar este debate de forma sosegada y alejada del dogmatismo, pero este año también, el Ministerio ha preferido utilizarlo para seguir haciendo oposición a la Sanidad de la Comunidad Madrid, olvidándose que Cataluña ha utilizado y utiliza la gestión privada en un mayor porcentaje y también con éxito. Tampoco este Ministerio tiene permiso para contrariar a Cataluña por muy alejado que esté de su doctrina.
Y no me quiero olvidar de la falta de cohesión y coordinación estatal, que deja a las comunidades autónomas a su suerte en un momento de cambios tecnológicos donde nos estamos quedando atrás y perdiendo oportunidades. La desigualdad territorial en la sanidad es un problema que nuestro sistema del bienestar no se puede permitir y la incompetencia del Ministerio para solucionarla es manifiesta. Porque un Ministerio no puede estar enfrentándose de forma permanente, ni haciendo oposición a las consejerías de Salud, por mucho que tenga una ideología diferente. Las competencias de la asistencia sanitaria las tienen las comunidades autónomas y es a ellas a las que hay que ofrecerles las soluciones que necesiten para poderlas llevar a cabo con eficiencia, con excelencia y con satisfacción para profesionales y pacientes. Y es tan fácil como hacerles caso.
Como resumen, 2025 ha confirmado una realidad muy desagradable para el SNS que necesita profundas reformas, liderazgo estatal y una visión de futuro que hoy no existe. Mientras tanto, tenemos que seguir confiando en los profesionales que sostienen el sistema con su compromiso y, por supuesto, en los gestores de las comunidades autónomas, que continúen irreductibles en demostrar que la gestión importa, que la innovación es necesaria y posible y que la sanidad pública puede avanzar incluso en ausencia de un proyecto nacional realizable. Mucha salud y felicidad en este 2026 que empieza.