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Calentar las calles es muy caro

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Calentar las calles es muy caro

Por Luis del Val

12 de diciembre de 2023

Recuerdo de niño, en invierno, observar a albañiles y peones arracimados alrededor de una hoguera, intentando entrar en calor, dentro un edificio sin paredes, con las columnas de cemento desnudas, a cuyo alrededor transitaba rápido el viento helado. Y algo parecido en los olivares, en esos diciembres de vareo y recogida de la aceituna, cuando las manos medio heladas se acercaban a la hoguera para reavivar la circulación de la sangre, renuente ante temperaturas bajo cero.

El panorama ha cambiado y, ahora, las hogueras son estufas de gas butano que se colocan en la calle para que, en la terraza de un bar o cafetería, el cliente pueda llevar a cabo la gran contradicción de tomarse una cerveza fría, sin quedarse congelado. A veces, las estufas son reemplazadas por estufas de rayos infrarrojos que, desde el techo, lanzan su calor hacia las cabezas, no más abajo, porque todos sabemos, incluidos los de letras, que el aire, al calentarse, pesa menos y tiende a subir a las capas superiores, con lo que las personas sentadas en las terrazas al aire libre terminan, como decía mi tía Pascualina que terminó el sordo del pueblo, después de un sermón, que ni oyó, ni entendió: la cabeza muy caliente y los pies muy fríos.

Existen en España más de un cuarto de millón de restaurantes, bares y cafeterías. Bastantes de ellos -sobre todo después de la pandemia- disponen de terrazas al aire libre. Y son muy agradables en las primaveras y los otoños suaves, pero son bastante desapacibles en los inviernos, sobre todo en periodos nocturnos y sin sol.

La ministra de Sanidad ha anunciado que va prohibir fumar en las terrazas -que no me afecta, porque hace más de un cuarto de siglo que dejé de consumir tabaco- pero me extraña que no haya hecho ninguna alusión al gasto de energía, de gas y de electricidad, en el baldío intento de calentar la calle. Recuerdo, en Finlandia, que algunas vías céntricas de la capital aparecían con la calzada y las aceras con la nieve derretida, debido a un sistema subterráneo de calefacción. Sólo algunas calles, porque el intento de calentar las calles es muy caro.

Hace poco ha habido una reunión mundial para mejorar nuestra salud, suprimiendo el consumo de combustibles fósiles. Y me extraña que la brasa y el humo del cigarrillo de un fumador, en la calle, sea más perjudicial para el aire limpio que una estufa que está encendida durante catorce o quince horas diarias, en el vano intento de calentar una terraza al aire libre. Y son decenas de miles de estufas por todo el territorio, consumiendo esos combustibles fósiles, que se quieren prohibir. Sí, sí, suele haber plásticos protectores, pero nadie, en su casa, cuando enciende la calefacción, comete el desatino de abrir las ventanas para que parezca que está en la terraza de un bar.

Puede que esté equivocado, pero considerar que es más contaminante la brasa de un cigarrillo -que dura unos diez minutos- que el consumo de oxígeno de una estufa, durante catorce o quince horas, me parece un disparate. Con permiso de la señora ministra.



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