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Doscientos años después de Balmis

Es difícil de entender es que una decisión de Trump de modificar el calendario de vacunación pueda tomarse sin que previamente exista un sólido consenso entre epidemiólogos y preventivistas

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Doscientos años después de Balmis

Por Fernando Prados, ex viceconsejero de Sanidad de Comunidad de Madrid

12 de agosto de 2026

Donald Trump ha decidido modificar desde el poder político las recomendaciones de vacunación infantil en Estados Unidos. Se podrá estar de acuerdo o no con las vacunas afectadas, discutir sus indicaciones y revisar los calendarios tantas veces como sea necesario. La medicina debe hacerlo permanentemente. Lo difícil de entender es que una decisión de esta trascendencia pueda tomarse sin que previamente exista un sólido consenso entre epidemiólogos, preventivistas y quienes conocen profundamente las consecuencias de modificar una estrategia de vacunación.

Hace más de doscientos años, el cirujano Francisco Javier Balmis, perteneciente al Cuerpo de Sanidad Militar español, dirigió una de las aventuras más extraordinarias de nuestra historia sanitaria. En 1803 salió desde La Coruña la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Isabel Zendal cuidaba de 22 niños procedentes de instituciones de beneficencia que permitieron transportar la vacuna de la viruela mediante inoculaciones sucesivas. No existían cámaras frigoríficas ni cadenas de frío. La cadena de conservación fueron 22 niños. 
Aquello, contemplado con nuestros criterios actuales de bioética y consentimiento, sería impensable. Pero juzgar 1803 desde 2026 sería tan equivocado como pretender ejercer hoy la medicina con los conocimientos de entonces. Precisamente porque la ciencia avanza debemos revisar continuamente lo que hacemos. También las vacunas. Pero primero deben estar los datos y después las conclusiones. Nunca las conclusiones y después buscar los datos.

La vacunación representa como pocas cosas la esencia de la Medicina Preventiva. Durante siglos esperamos a que apareciera la enfermedad para intentar combatirla. La prevención cambió la pregunta. Ya no se trataba solamente de cómo curar, sino de cómo conseguir que la enfermedad no llegara a producirse. 
Y ahí trabajan nuestros médicos especialistas en Medicina Preventiva, muchas veces lejos del reconocimiento que merecen. Vigilan infecciones, estudian brotes, diseñan estrategias de vacunación, trabajan en seguridad del paciente y evitan infecciones y daños relacionados con la asistencia. Buscan el riesgo antes de que el riesgo encuentre al paciente. Su éxito tiene además algo de injusto. Cuanto mejor hacen su trabajo, menos lo vemos. Conseguir que no ocurra nada puede ser uno de los mayores éxitos de la medicina.

La historia debería habernos enseñado también que las enfermedades no conocen fronteras. A partir de 1492 el encuentro de poblaciones que habían permanecido separadas durante siglos provocó, entre otras muchas consecuencias, epidemias devastadoras entre quienes carecían de inmunidad frente a enfermedades desconocidas para ellos. Hoy atravesamos un océano en horas. Un microorganismo necesita poco más que un billete de avión.

Por eso una política de vacunación tampoco puede contemplarse exclusivamente desde las fronteras de quien tiene capacidad para decidirla. Vacunarnos no siempre significa protegernos solamente a nosotros. Dependiendo de cada enfermedad y de cada vacuna, contribuimos también a proteger a quienes nos rodean y a poblaciones con sistemas sanitarios mucho más débiles que los nuestros. Las competencias sanitarias tienen fronteras. Las enfermedades no.

Necesitamos por ello instituciones sanitarias internacionales fuertes y creíbles. También una OMS que recupere una referencia que resulta imprescindible en un mundo globalizado y que evite cualquier percepción de que primero se alcanza una conclusión y después se buscan los argumentos que permitan sostenerla. Priorizar la ideología reduce la capacidad de la ciencia.

Y tampoco hace falta viajar a Washington. Nuestra ministra de Sanidad debería recordar que invocar la evidencia científica no convierte automáticamente una decisión en científica. La evidencia exige método, calidad, contraste y capacidad para aceptar también aquello que contradice nuestras posiciones. Una cosa es hacer política sanitaria y otra hacer política con la sanidad.

Las vacunas han cambiado la historia de la humanidad y han contribuido extraordinariamente a reducir la mortalidad infantil. Seguir llevándolas allí donde todavía una enfermedad prevenible puede significar la muerte continúa siendo una responsabilidad colectiva. 
Doscientos años después de Balmis sabemos mucho más de vacunas, de inmunidad y de prevención. Quizá deberíamos recordar también algo mucho más sencillo. La ciencia debe proporcionar el conocimiento y la política tener la inteligencia suficiente para escucharlo. 
 



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