
Por Medicina Responsable
2 de marzo de 2026¿Qué tienen en común un ticket de la compra, una sartén, un tubo de pasta de dientes y una botella de lejía? Si se enfoca desde un punto de vista sanitario, prestando atención a las implicaciones para la salud, todos estos contienen componentes químicos, muchos de ellos, disruptores endocrinos. Aunque no son los únicos: envases alimentarios, calzado sintético, champús y perfumes, utensilios de cocina antiadherentes, textiles utilizados para las sábanas o sofás, detergentes, ropa impermeable, maquillaje, productos de limpieza, insecticidas... incluso biberones y chupetes para bebés.
No cabe duda, es imposible escapar de las sustancias químicas en los artículos de uso diario. Sin embargo, ¿está la sociedad realmente concienciada de las consecuencias para la salud que esto puede acarrear? Para hacer un llamamiento a la población y alertar sobre la creciente preocupación de los expertos, un grupo de científicos de la Universidad Estatal de Washington en Pullman (Estados Unidos), han analizado cómo afecta un fungicida en el organismo de los ratones. Y los resultados han sido bastante sorprendentes: persiste en su organismo durante 20 generaciones, lo que equivale en humanos a unos 500 años.
"Los hallazgos son una advertencia de que la sociedad debe ser más cuidadosa con la contaminación atmosférica y los tipos de sustancias químicas que se permite liberar al medio ambiente", afirma a la revista Nature Razia Zakarya, investigadora en epigenética de la Universidad Tecnológica de Sídney (Australia). "Es bastante alarmante ver que este tipo de acumulación de marcadores epigenéticos puede provocar patologías en etapas tan tardías", añade.
Aunque el estudio ha sido testado en ratones, en personas también se ha demostrado que la trasmisión de cambios epigenéticos de generación en generación es una realidad. Por ejemplo, los descendientes de niños concebidos durante una hambruna tienen un mayor riesgo de diabetes, según el último estudio realizado a más de diez millones de personas y publicado en Nature el pasado año 2024. Esto secunda la evidencia de que las exposiciones ambientales, como a las de las sustancias químicas, pueden inducir cambios hereditarios que no alteral el ADN de un organismo. Estas modificaciones de los marcadores químicos del ADN se producen en las células germinales, que luego se transmiten a las generaciones futuras.
Estos supuestos se habían estudiado, por el momento, en las generaciones directamente expuestas y no en las posteriores. Sin embargo, este estudio en ratones analizó el efecto de la exposición de una primera generación al fungicida denominado vinclozolina en 20 generaciones posteriores. Sus resultados, según el científico principal, Michael Skinner, fueron "bastante impactantes; pues las ratas con exposición ancestral presentaron mayores tasas de muerte de espermatozoides y un aumento de problemas en el parto, incluyendo la muerte materna y de las crías, en comparación con la duodécima generación y las anteriores, o con ratas no expuestas.
Sus experimentos comenzaron en el año 2017, cuando se administró vinclozolina y un disolvente llamado DMSO a ratas preñadas y luego las cruzaron con ratas no expuestas durante 23 generaciones, el equivalente a al menos 500 años en humanos, según Skinner. La primera rata preñada, sus crías y sus nietos se consideraron directamente expuestas, y las 20 generaciones posteriores fueron expuestas ancestralmente. Al grupo de control se le inyectó DMSO y se cruzó durante cuatro generaciones.
El equipo utilizó la secuenciación de nueva generación para identificar regiones en los genomas de las ratas con diferencias en la metilación, es decir, la adición de un grupo metilo al ADN. Descubrieron que las generaciones posteriores de ratas presentaban más regiones con diferencias en la metilación en comparación con los controles, lo que demuestra que los cambios epigenéticos persisten a lo largo de varias generaciones.
Al examinar los riñones, la próstata, los testículos y los ovarios de las ratas, los investigadores descubrieron que la tasa de enfermedades que afectaban a estos órganos aumentó en las generaciones posteriores. Por ejemplo, en la vigésima generación desde la exposición inicial, las 11 ratas expuestas a través de su linaje paterno presentaron anomalías ováricas, en comparación con 11 de las 19 ratas de control. El equipo también observó enfermedades más graves en las ratas expuestas, como obesidad y enfermedad renal. Argumentaron que la metilación del ADN altera el desarrollo y la función normales de los órganos.
Esta no es la primera vez que los científicos alertan sobre el uso de artículos que tienen entre sus componentes sustancias químicas, muchas de ellas potencialmente tóxicas para los humanos. Desde los años 90, decenas de expertos han mostrado su preocupación por la exposición a estos materiales, advirtiendo de la clara evidencia de que provocan problemas reproductivos, alteraciones del desarrollo, el aumento de ciertos cánceres y trastornos metabólicos como la obesidad o la diabetes.
Tanto es así, que en la Unión Europea, los disruptores endocrinos se han convertido en la diana de muchas políticas de salud pública. Estos son sustancias químicas capaces de alterar el sistema hormonal, incluso en dosis muy bajas, imitanto, bloqueando o modificando la acción habitual de nuestras hormonas. Para ello, se han adoptado reglamentos como el REACH (Registro, Evaluación, Autorización y Restricción de Sustancias y Mezclas Químicas) o restricciones al bisfenol A (BPA) en materiales en contacto con los alimentos.
Aun así, estos siguen presentes en miles de artículos de consumo diario para todo tipo de edades por lo que la comunidad científica se centra, no en eliminar los químicos, sino en evaluar cuáles pueden aleterar los sistemas biológicos y en qué dosis y momentos de exposición.