
Por Santiago Melo
27 de abril de 2026La exposición a redes sociales y contenidos centrados en la apariencia está cambiando la forma en la que muchas personas construyen su autoimagen y valoran su atractivo. Estos espacios actúan como “agentes normativos” del ideal estético, es decir, lo que se repite y se muestra como deseable termina convirtiéndose en un modelo a imitar. En ese contexto, la comparación social se vuelve más constante y difícil de evitar, porque los referentes dejan de ser celebridades lejanas y pasan a ser personas percibidas como “cercanas” o alcanzables.
Según la doctora Rosa Molina, psiquiatra del Hospital Universitario Clínico San Carlos de Madrid y Profesora Asociada en UCM, ese entorno favorece una autoimagen cada vez más “externalizada”, dependiente de la retro alimentación (me gusta, comentarios…) y una autoestima “condicionada” por la apariencia. Es más, en la investigación “Análisis de la relación entre el uso de Instagram y la autocrítica, la autocompasión y la insatisfacción corporal en la población española: estudio observacional”, realizada por un equipo multidisciplinar en el que participó la doctora Molina, se han observado asociaciones entre un mayor uso de redes y más insatisfacción corporal, junto con un aumento de síntomas ansioso-depresivos. La especialista subraya, además, que el impacto no depende solo del tiempo de pantalla, importa qué contenido se consume y cómo se interactúa con él. El “scrolling” pasivo y comparativo, centrado en cuerpos y rostros, suele relacionarse con peor bienestar.
Otro fenómeno que preocupa a los profesionales es la normalización de los retoques estéticos. La exposición continuada a filtros, pieles “perfectas” y rasgos muy estandarizados puede impulsar lo que se conoce como “internalización del ideal”: lo frecuente se percibe como normal; lo normal, como deseable; y lo deseable, como necesario. En ese marco, diversos estudios han vinculado el uso intensivo de filtros y la exposición a imágenes retocadas con más deseo de procedimientos estéticos, menor satisfacción con el propio rostro y fenómenos descritos en la literatura clínica reciente como la “selfie dysmorphia”.
Con el objetivo de medir mejor este impacto y entender qué patrones de consumo se asocian a mayor malestar, un equipo de psiquiatras y psicólogos de la Universidad Complutense, la Universidad de Alcalá y la Universidad Pontificia Comillas ha puesto en marcha un estudio que analiza la relación entre lo que vemos en redes y variables psicosociales ligadas a salud mental e imagen corporal. El trabajo busca también explorar el papel mediador de la comparación social y posibles diferencias culturales entre países como España, varios de Latinoamérica, Brasil, Corea del Sur o Estados Unidos. La meta, explica la psiquiatra Rosa Molina, es aportar evidencia que permita diseñar estrategias preventivas, mejorar la educación digital y emocional y promover una relación más saludable con la imagen en la “era algorítmica”.
La encuesta al estudio es completamente anónima, voluntaria y se completa en unos 15–20 minutos. Quienes quieran colaborar pueden hacerlo a través de estos enlaces:
En un escenario en el que la comparación es constante y los estándares de belleza se amplifican sin descanso, el impacto de las redes sociales deja de ser una cuestión superficial para convertirse en un problema de salud mental. La clave no está en dejar de usar estas plataformas, sino en aprender a relacionarse con ellas de forma crítica y consciente.