
Por Medicina Responsable
24 de agosto de 2026“¿Y si el futuro del tratamiento contra el cáncer se comiera con el yogur?”. Esa es la pregunta que lanza al aire el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), al mismo tiempo que responde a la cuestión. “Aún estamos lejos de hacerlo, pero los resultados son prometedores”, dice Nicola D´Amello, el químico que trabaja en desarrollar probióticos que liberen una proteína capaz de frenar el crecimiento de los tumores.
Concretamente, este proyecto se trata de una innovadora estrategia para impedir la aparición de resistencias al tratamiento; es decir, para combatir uno de los principales problemas de la oncología actual: que una terapia que estaba funcionando bien, de repente deje ser efectiva y el cáncer avanza.
Los responsables de la iniciativa son el propio D´Amelio y Jorge Martínez Torrecuadrada, jefe de la Unidad de Producción de Proteínas del CNIO, gracias al programa Investigadores Visitantes Fundación Occident.
Su idea se basa en pequeñas proteínas llamadas péptidos interferentes, creadas a medida en el laboratorio para interrumpir señales químicas indispensables para la célula de cáncer.
Las células tumorales dependen de una cadena de transmisión física para crecer: la proteína A debe encajar perfectamente con la B para pasarle la orden de multiplicarse. Los péptidos interferentes funcionan como una pieza de rompecabezas impostora. Se unen a la proteína A y bloquean físicamente el lugar donde debería encajar la B. Al interrumpir este contacto, la cadena de mensajes se rompe y el tumor detiene su crecimiento.
Muchos cánceres mutan para esquivar los medicamentos; eso implica que sus proteínas cambian. Aquí entra en juego la idea de D’Amelio: si para rechazar al péptido interferente el cáncer cambia la forma de sus proteínas, también deja de poder conectarse con sus propias proteínas, y la cadena de mensajes se interrumpe. “Por eso estos péptidos son una herramienta prometedora”, explica D’Amelio.
Pero nunca es fácil pasar del dicho al hecho. Crear los péptidos interferentes adecuados es un reto. Un gran obstáculo es el coste, relativamente alto, de fabricarlos en el laboratorio.
D’Amelio tiene una solución: “Delegar su producción a bacterias que ya utilizamos de forma segura como probióticos”. Hoy es posible modificar genéticamente estas bacterias beneficiosas (como las del yogur) para que actúen como ‘fábricas microscópicas’.
“De este modo las bacterias no solo producen los péptidos interferentes de manera natural y mucho más económica, sino que también los liberan directamente en el intestino”, explica el investigador.
Este es el sueño: comer probióticos, como las bacterias del yogur, que liberen un péptido capaz de interrumpir señales de proliferación de un cáncer en el colon, por ejemplo. El desarrollo de estos probióticos se está llevando a cabo en colaboración con el CNIO y también con Luis Bermúdez-Humarán, del Instituto Micalis en Jouy-en-Josas (París).
“Aún estamos lejos de eso”, dice D’Amelio. “Pero los experimentos que hemos hecho estas semanas en el CNIO arrojan unos primeros resultados prometedores”. Químico de formación, D’Amelio ha probado en el CNIO la funcionalidad de varios péptidos diseñados por él, en distintas líneas celulares.
“La estancia en el CNIO ha sido fundamental para dilucidar parte del mecanismo de acción de los péptidos interferentes”, afirma. “Hemos confirmado que pueden penetrar en las células cancerígenas, alcanzando así las proteínas diana responsables de la proliferación celular”.
El siguiente paso será probar la actividad de los péptidos frente a una amplia variedad de células cancerígenas. También hay que garantizar que no se degradan antes de llegar a su diana.
“Superadas estas pruebas preclínicas in vitro, estaremos en disposición de dar el salto a los estudios in vivo”, dice D’Amelio. “El CNIO ofrece muchísimas oportunidades de colaboración, por su gran número de laboratorios, la organización de conferencias y la gran disponibilidad de su personal. En múltiples ocasiones, he podido contar con reactivos, materiales o equipos cedidos amablemente por laboratorios vecinos con los que no tenía contacto previo. Además, la interacción con Jorge Martínez Torrecuadrada resulta fundamental. Su experiencia en técnicas de clonación es esencial para lograr modificar genéticamente las bacterias que producirán los péptidos”.