
Por Medicina Responsable
22 de enero de 2026Durante los primeros meses de vida de un bebé, cada estímulo es importante y cada interacción social contribuye a desarrollar su intelecto y posterior comportamiento. Sin embargo, ¿sabías que también le ayuda a formar su microbioma intestinal? Así lo ha demostrado la ciencia a través de un estudio en el que ha analizado las heces de los alumnos de una guardería, las de sus familias y sus mascotas y hasta de sus profesoras.
Los resultados han sido sorprendentes: los bebés han compartido e intercambiado hasta el 20% de su microbioma en cuatro meses, pero no solo entre ellos; sino que también se lo han trasmitido a sus hermanos, madres y amigos caninos. "Esta cifra es más alta que la proporción de todos los microbios que habían adquirido desde el nacimiento hasta el momento del análisis", explica a la revista Nature Nicola Segata, microbióloga de la Universidad de Trento (Italia) y una de las investigadoras principales.
Para llegar a esta conclusión, el equipo científico ha analizado las muestras fecales de 43 bebés de unos diez meses de edad, de una decena miembros del personal de la guardería y de personas que vivían en las mismas casas que los niños. Concretamente de 39 madres, de 30 padres y de siete hermanos; además de tres perros y dos gatos. La investigación se ha llevado a cabo en un jardín de infancia de la ciudad italiana a lo largo de un año, monitorizando los datos de antes, durante y después de su primer año escolar.
“Inscribimos a los bebés que se conocieron por primera vez el primer día de guardería”, dice Segata, argumentando que "este es un período en el que su intestino es mucho más propenso a contraer cepas de otros bebés y de adultos, porque su sistema inmunitario aún no está bien entrenado”.
Con los resultados sobre la mesa, demostraron que los principales cambios en los microbiomas de los niños se debían, además de a las dietas que seguían en la guardería, a la trasmisión de cepas microbianas entre bebés durante el primer año. Por ello, el estudio concluye que "las interacciones sociales en los diez primeros meses de vida son clave para construir un microbioma diverso y saludable", como apunta la investigadora.
Los investigadores creen que, mientras que los fetos están en el útero, el microbioma es inexistente ya que este comienza a desarrollarse después del nacimiento, y lo hace rápidamente a través de la trasmisión microbiana de la madre. Por ello, durante los primeros meses de vida, en los que la mayoría de pequeños asisten a la guardería, los que pasan mucho tiempo juntos comienzan a compartir cepas microbianas.
"Tenemos un ejemplo de una cepa que pasa de la madre al bebé. El bebé de la guardería se la transmite a otro bebé, quien se la transmitió a ambos padres", explica Segata, ya que este estudio también mapeó la transmisión de especies microbianas entre individuos como la de la cepa bacteriana llamada "Akkermansia muciniphila".