
Por Medicina Responsable
30 de abril de 2026El ácido úrico, un marcador habitual en las analíticas, podría aportar información relevante en prevención cardiovascular cuando se interpreta con enfoque de sexo y edad. Un análisis de la cohorte IBERICAN de Semergen sugiere que, en mujeres a partir de los 50 años, niveles más elevados de urato se asocian con un mayor riesgo de eventos cardiovasculares mayores, incluso dentro de rangos considerados normales.
El trabajo, publicado en el European Journal of Preventive Cardiology, evaluó a 4.290 pacientes sin enfermedad cardiovascular previa y los siguió durante una media de 2,6 años. En ese periodo se registraron 174 eventos cardiovasculares mayores (MACE), como infarto de miocardio, ictus o insuficiencia cardiaca, en un total de 11.997 personas/año de seguimiento.
Los resultados apuntan a un comportamiento diferencial según sexo y edad. Mientras que en los hombres no se observó una asociación significativa entre el ácido úrico y la incidencia de eventos cardiovasculares, en las mujeres desde los 50 años se identificó una tendencia consistente: a mayor nivel de urato, mayor riesgo, con significación estadística en el análisis por cuartiles.
IBERICAN, impulsada por la Fundación Semergen, es una cohorte longitudinal que analiza población adulta atendida en Atención Primaria en España para estudiar la prevalencia, incidencia y evolución de factores de riesgo cardiovascular y renal, así como su relación con el daño en órganos diana y con nuevos biomarcadores. En ese marco, el análisis del ácido úrico aporta una pieza más para la estratificación del riesgo desde la consulta de Medicina de Familia.
El doctor Sergio Cinza, director de la Agencia de Investigación de Semergen e investigador principal de IBERICAN, subraya que el objetivo no es “convertir el ácido úrico en un nuevo dogma”, sino “ampliar la conversación clínica en prevención cardiovascular, especialmente en mujeres peri y posmenopáusicas”. En su opinión, “el urato puede ser una pieza más del puzle, no el puzle completo”, y los hallazgos invitan a mirar “más allá de los umbrales convencionales” sin caer en “una sobreactuación terapéutica”.
Los autores señalan que se necesitan estudios con mayor potencia estadística y un seguimiento más prolongado para confirmar la causalidad y aclarar la utilidad clínica de intervenir sobre la hiperuricemia. También plantean evaluar si las terapias hipouricemiantes podrían reducir eventos cardiovasculares en subgrupos concretos, algo que todavía requiere evidencia más sólida.