
Por Santiago Melo
4 de septiembre de 2026El caso de Tim Andrews, un estadounidense de 66 años con enfermedad renal terminal causada por diabetes tipo 2, se ha convertido en un nuevo hito para los xenotrasplantes. Tras dos años sometido a hemodiálisis y sin un donante vivo disponible, recibió un riñón de cerdo modificado genéticamente que le permitió permanecer 271 días sin diálisis antes de recibir finalmente un órgano humano.
El paciente figuraba en lista de espera para un trasplante de riñón de donante fallecido, con una previsión superior a cinco años. Según una herramienta utilizada para estimar sus posibilidades, tenía alrededor de un 9% de probabilidades de recibir el trasplante que necesitaba, mientras que el riesgo de morir o ser retirado de la lista superaba el 40%.
Ante esta situación, Andrews recibió en enero de 2025 un riñón porcino modificado genéticamente bajo un programa de acceso ampliado autorizado por la FDA. El órgano incorporaba 69 modificaciones genómicas diseñadas para mejorar su compatibilidad con el organismo humano y reducir riesgos.
El riñón comenzó a funcionar de inmediato y permitió al paciente abandonar la diálisis. Durante los meses siguientes, los médicos realizaron un seguimiento estrecho para evaluar la función del órgano, posibles signos de rechazo, la aparición de anticuerpos y el riesgo de transmisión de infecciones de origen porcino.
En las primeras fases se produjo un episodio de rechazo mediado por células T, pero pudo controlarse con tratamiento. Además, los investigadores no detectaron transmisión de patógenos porcinos al paciente.
El xenotrasplante mantuvo a Andrews sin necesidad de diálisis durante 271 días, el periodo más largo documentado hasta ahora en una persona viva con un riñón porcino. Hasta este caso, ningún estudio había descrito una supervivencia del injerto superior a dos meses ni una transición posterior con éxito hacia un trasplante renal humano.
Tras aproximadamente seis meses, el equipo médico tuvo que reducir la inmunosupresión debido a una infección. Posteriormente, el riñón porcino comenzó a desarrollar daño microvascular e inflamación, un deterioro que fue progresando hasta provocar el fallo del órgano.
Nueve meses después del xenotrasplante, los médicos retiraron el riñón de cerdo. Durante ese tiempo, el paciente no había desarrollado anticuerpos frente a tejido humano que dificultaran un futuro trasplante, uno de los aspectos que más preocupaban a los investigadores.
Poco después apareció un riñón humano de un donante fallecido con el máximo nivel posible de compatibilidad tisular. Esta circunstancia, poco frecuente y difícil de prever, permitió que Andrews recibiera el órgano antes de lo inicialmente esperado.
El trasplante humano funcionó desde el primer momento y, durante el seguimiento, el paciente mantuvo una función renal estable y no mostró signos de sensibilización que comprometieran el nuevo injerto.
El caso, publicado en The Lancet por investigadores del Mass General Brigham, en Boston, Estados Unidos, plantea que los órganos de cerdo modificados genéticamente podrían utilizarse en el futuro como una solución temporal para pacientes con enfermedad renal terminal que afrontan largas esperas para recibir un órgano humano.
“La escasez de órganos es la mayor crisis que enfrentamos actualmente en el campo de los trasplantes”, señala Leonardo Riella, autor principal del estudio. El objetivo, explica, sería que los xenotrasplantes permitieran sacar temporalmente a estos pacientes de la diálisis mientras esperan un riñón humano.
Los investigadores consideran que la experiencia también permite identificar aspectos que todavía deben mejorarse. El daño microvascular observado en el riñón porcino ofrece información para ajustar los tratamientos inmunosupresores, perfeccionar las modificaciones genéticas de los animales donantes y mejorar el seguimiento de futuros pacientes.
El primer trasplante de un riñón de cerdo a una persona viva se realizó en 2024 en el mismo hospital. Aquel paciente sobrevivió 52 días antes de fallecer por problemas cardiacos que no estaban relacionados con el órgano trasplantado. El caso de Andrews supone ahora el primer ejemplo en el que un xenotrasplante renal ha servido durante meses como puente hasta recibir con éxito un riñón humano.