
Por Gonzalo de Esteban
14 de octubre de 2026Lo que comenzó a mediados de mayo como un nuevo brote de ébola en la República Democrática del Congo se ha convertido ya en la epidemia más mortífera y grave en la historia del país. Según el último balance oficial del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), los contagios han superado ya los 9.144 casos y la cifra de fallecidos alcanza las 4.410 personas, lo que sitúa la tasa de mortalidad en un devastador 48,2%.
Estas cifras suponen un aumento trágico respecto a las primeras etapas de la alerta sanitaria, registrando cerca de un centenar de nuevos infectados y una treintena de muertes en solo las últimas 24 horas.
El virus se ha extendido rápidamente por la geografía congoleña y afecta ya a siete provincias (Ituri, Kivu Norte, Kivu Sur, Alto Uélé, Bajo Uélé, Tshopo y Ubangi Sur). La región de Ituri se mantiene como el gran epicentro de esta crisis, concentrando más del 73% de los contagios. En la actualidad, casi 900 personas permanecen hospitalizadas o en aislamiento, mientras que algo más de 2.400 pacientes han logrado recuperarse.
A la velocidad de propagación de la enfermedad se le suma el impacto del conflicto armado en el este del país. El trabajo de los equipos sanitarios se ha vuelto extremadamente peligroso tras nuevos ataques de grupos rebeldes, como el llevado a cabo por la milicia CODECO en la localidad de Jissa (Ituri), donde han asesinado a once civiles y han saqueado e incendiado un centro de salud, destruyendo los pocos medicamentos y fármacos disponibles.
Esta combinación de violencia e infraestructura destruida dificulta enormemente el seguimiento de los contactos estrechos que ha caído por debajo del 78% y amenaza con acercar la epidemia a los niveles de la gran crisis que azotó África Occidental en 2014 y 2016.