
Por Luis del Val
29 de enero de 2026En una sociedad donde los altos cargos corresponden a endebles biografías profesionales, o escasas, o vacuas, encontrarse con una directora general de sólida formación, y de amplia experiencia, incluso en la investigación, produce una mezcla de sorpresa, primero, y de confianza después.
Expreso esto porque es cierto, y para advertir que estoy a favor de la entrevistada, que viene de ese ambiente de alto nivel de Santiago de Compostela y, donde, como discípula de Ángel María Carracedo, o Anxo, como le llamará ella seguramente, va camino de colocarse a su altura. Perdón por la extensión del prólogo, pero es que hemos llegado a tener ministros, cuyo currículo universitario consistía en haber comido un bocadillo en la cafetería de una facultad.
Me gusta su media sonrisa de bienvenida, que mantiene cierta cautela, y que está lejos de los profesionales de las relaciones públicas, que parece que van a grabar un anuncio publicitario sobre salud dental. Esa sonrisa incipiente, podría tomarse por desconfianza, pero es más bien prudencia, y puede que obedezca a su experiencia investigadora, donde habrá aprendido que la satisfacción anticipada, casi siempre puede ser la víspera de un fracaso.
Falda larga acampanada, negra, y botas del mismo color, lo que indica su precaución para no pisar charcos en este día nevoso y lluvioso, aunque parece mujer que no suele pisar charcos. Blusa camisera, de suave color pálido, sobre el que se ornamenta un collar de largos eslabones, que llega casi hasta la cintura. En la muñeca izquierda lleva un reloj digital, de esos que cuentan los pasos, e incluso dan la hora, lo que nos habla de que el tiempo pasa, porque hace unos años los que se ponían el reloj en la izquierda eran casi exclusivamente los varones.
Es minuciosa en las explicaciones, y mantiene un afán pedagógico, de tal manera que incluso alguien, tan torpe como yo, ha entendido porqué los 210 días hasta aprobar un médicamente se doblan con los retrasos.
Se suele ironizar sobre los gallegos, diciendo que, si les sorprendes en una escalera, es difícil saber si suben o bajan. No es el caso de María Jesús, porque sube o baja con rotundidad, con claridad y sin eufemismos.
Puede que, debido a esa circunstancia, el entrevistador se dedicó con entusiasmo a preguntar por todo y de todo, sin que ella dejara nada sin responder.
Cuando habló de la nueva ley del medicamento, la mano izquierda, que con la derecha se limitaban a entrelazarse sobre el montículo de las rodillas, bajó hacia la pierna izquierda, y acarició, levemente, la superficie de la bota que cubría la pierna de ese lado, como si fuera algo que amaba y protegía.
En conjunto, una mujer inteligente, resuelta, que no rehúye ningún asunto, que jamás se muestra adusta, quizás porque en su mirada clara duermen amabilidades y afectos dormidos, que no es que estén contraindicados con los medicamentos, sino que las emociones pertenecen a otros ámbitos, donde los experimentos y reacciones no pasan por ratones laboratorio, sino que, directamente, se sufren o se gozan sobre la marcha.