
Por Juan García
8 de mayo de 2026La gestión médica del final de la vida es una de las situaciones más complicadas que puede afrontar un médico de familia. Más aún si los medios necesarios para facilitarlo no acompañan, como ocurre en el ámbito rural. La dispersión geográfica maraca importantes barreras en el acceso a los recursos y servicios sanitarios, dejando a los médicos de familia “solos ante el peligro”, como ha comentado el doctor Francisco Javier Resa en una conferencia en el marco del 6º Congreso de Medicina Rural de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen).
Este médico de familia ha compartido, junto a la doctora María Belén Angulo, presidenta del comité científico de este evento, algunas lecciones y aprendizajes para los médicos rurales. Ambos han detallado las particularidades de la muerte en el medio rural, desde el punto de vista social y sanitario. “En el entorno rural la muerte es un evento comunitario, tiene una presencia social mucho mayor que en el ámbito urbano”, ha expuesto Resa. En esta línea, ha aludido a la “ritualidad compartida” que se sigue haciendo presente en los pueblos, donde son habituales los velatorios en el propio domicilio.
Otro dato significativo es la alta prevalencia de fallecimientos que se producen en casa en el entorno rural, que se sitúa entre el 40 y el 50%. Ante esta realidad, el doctor Resa ha destacado la figura del médico como “valuarte social”, en tanto que está presente y acompaña al paciente a lo largo de toda su biografía.
Uno de los aspectos conflictivos en el acompañamiento al final de la vida que ha compartido la doctora Angulo es la gestión de los “pactos de silencio”. Las familias suelen estar muy involucradas en estas circunstancias y, fruto de su estrecha relación con el médico de familia, juegan un papel determinante a la hora de decidir hasta dónde se le comunica al paciente la gravedad de su proceso. Esto pone a los facultativos en la tesitura de “hasta qué punto el paciente tiene el derecho a saber lo que está pasando”. La doctora reconoce que este es el aspecto “más complejo” en la antesala de un fallecimiento, “pero la familia es la que mejor le conoce y sabe hasta dónde está dispuesto a saber”.
La cercanía y los vínculos personales que caracterizan las relaciones de los médicos rurales con pacientes y familiares son, según ha apuntado resa, “una ventaja terapéutica”, aunque también pueden convertirse, paradójicamente en “una fuente adicional de desgaste”. La difuminación de los límites entre la vida profesional y personal hace más difícil tomar distancia y aumenta la afectación para los propios profesionales. El duelo en estos casos, ha afirmado la doctora Angulo, “es compartido entre la familia y los médicos”.
Cuando la muerte acecha como un mal inevitable, los cuidados paliativos son la herramienta para allanar ese camino y aliviar el sufrimiento. Sin embargo, en el medio rural el acceso a estos servicios se hace bastante más complicado que en entornos urbanos. En primer lugar, existen barreras de acceso a la propia infraestructura, por la lejanía de los servicios especializados y las limitaciones de transporte.
El doctor Resa ha aludido al tabú que sigue rodeando a estos procesos, por lo que ha incidido en la importancia de hacer una comunicación con tacto en estas situaciones. Esta visión, junto a las limitaciones de acceso, le hacen concluir que en España falta aún “cultura paliativa”.
Los dos médicos de familia han aportado consejos prácticos sobre el manejo clínico de la sedación paliativa, desde como configurar un botiquín disponible para estos casos, hasta en qué situaciones concretas es mejor aplicar una sustancia u otra. El problema, nuevamente, es la dificultad para conseguir estos recursos en las farmacias de los pueblos.
Los silencios, el dolor y la implicación personal que rodean a la muerte en el medio rural hacen al médico de familia partícipe del proceso, ya no solo a nivel profesional, sino, valga la redundancia, como un miembro más de la familia.