
Por Medicina Responsable
2 de febrero de 2026Un estudio realizado por investigadores del Chinese Longitudinal Healthy Longevity Survey y publicado en The Conversation sugiere que incluir carne en la dieta podría estar asociado a una mayor probabilidad de alcanzar los 100 años, al menos en determinados grupos de población. La investigación se basó en datos de más de 5.000 personas mayores de 80 años en China, a las que se realizó un seguimiento durante dos décadas para analizar los factores que podrían influir en la longevidad.
Los resultados muestran que las personas de bajo peso que seguían dietas sin carne tenían menos probabilidades de convertirse en centenarias, en comparación con quienes sí consumían carne. En cambio, entre los mayores con un peso saludable, las diferencias entre vegetarianos y omnívoros desaparecían. Para los investigadores, esto pone de manifiesto una cuestión clave: a medida que envejecemos, las necesidades nutricionales cambian de forma significativa.
Mientras que en adultos jóvenes las dietas basadas en plantas ofrecen claros beneficios, como la prevención de enfermedades cardiovasculares o metabólicas a largo plazo, en edades avanzadas el objetivo pasa a ser evitar la desnutrición, mantener la masa muscular y prevenir la fragilidad. Según diversos estudios, la pérdida progresiva de músculo en mayores está relacionada con un mayor riesgo de caídas, fracturas, hospitalizaciones y dependencia.
En ese contexto, una dieta estrictamente vegetal puede seguir siendo viable, pero requiere una planificación meticulosa, acceso a alimentos densos en energía, fortificados, y en muchos casos, suplementación con nutrientes como la vitamina B12. Además, factores como la pérdida de apetito, las dificultades para cocinar o el menor acceso económico pueden dificultar una correcta adherencia a este tipo de patrones dietéticos en la vejez.
La investigación también destaca una posible causalidad inversa: no necesariamente una dieta sin carne conduce a una menor longevidad, sino que las personas con peor salud, fragilidad o limitaciones físicas podrían haber reducido su consumo de carne por cuestiones prácticas, y no por convicción. Esto refuerza la idea de que no debe generalizarse una dieta única válida para todas las edades.
Por último, los autores recuerdan que, si bien se ha popularizado la idea de que comer menos carne es mejor para la salud y el planeta, en etapas avanzadas de la vida el enfoque debe ser más individualizado. Asegurar una buena nutrición puede marcar la diferencia entre una vejez funcional y una marcada por la dependencia, y en ese objetivo, el consumo moderado de carne puede ser un aliado más que un enemigo.