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España arde: los incendios obligan a activar la emergencia nacional y elevan el riesgo para la salud de miles de personas

Más de 11.000 personas han sido evacuadas y España ha solicitado ayuda europea ante unos fuegos que pueden agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares

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España arde: los incendios obligan a activar la emergencia nacional y elevan el riesgo para la salud de miles de personas
Foto @Meteoavila2 en X

Por Nuria Cordón

24 de julio de 2026

España afronta uno de los episodios de incendios más graves de los últimos años en el centro peninsular. Los grandes fuegos declarados en la Comunidad de Madrid, Castilla y León y Castilla-La Mancha han obligado al Gobierno a declarar la emergencia de interés nacional en la Comunidad de Madrid y en la provincia de Ávila, mientras el Ejecutivo ha solicitado la activación del Mecanismo Europeo de Protección Civil para reforzar los medios de extinción. Grecia ya ha respondido ofreciendo dos aviones anfibios Canadair CL-415.

La situación continúa siendo extremadamente complicada. Aunque el trabajo realizado durante la noche permitió contener parcialmente el avance de las llamas en algunos frentes, fuentes de la Delegación del Gobierno consultadas por Medicina Responsable señalan que los incendios permanecen descontrolados y advierten de que la previsión de viento para las próximas horas puede complicar de nuevo las labores de extinción. Desde el Puesto de Mando Avanzado de Cenicientos, que coordina la respuesta frente a los incendios que afectan a la Comunidad de Madrid y Castilla-La Mancha, las mismas fuentes reconocen que "la noche ha sido buena", pero insisten en que la evolución dependerá en gran medida del comportamiento del viento durante la jornada.

Los incendios de Villa del Prado y San Martín de Valdeiglesias (Madrid), junto al de Burgohondo (Ávila), permanecen sin controlar con varios frentes activos, miles de hectáreas afectadas y más de 11.000 personas evacuadas. Según recoge la orden publicada este viernes en el Boletín Oficial del Estado (BOE), la rápida propagación de las llamas, la afección a zonas habitadas, el riesgo para la población y la necesidad de coordinar recursos de distintas administraciones justifican la declaración del nivel máximo de emergencia. Se trata, además, de la segunda declaración de emergencia de interés nacional en España, tras la decretada con motivo del apagón eléctrico de abril de 2025, lo que implica que es el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, quien asume la dirección de la emergencia y la coordinación de todas las actuaciones, así como la gestión de los recursos estatales, autonómicos y locales desplegados en las zonas afectadas.

Más allá del fuego: el impacto sobre la salud

Aunque la imagen más visible de un incendio forestal son las llamas, uno de sus efectos más importantes sobre la población es mucho menos evidente: el humo. "El humo de un incendio no es solo aire sucio", explica Pedro Gargantilla, director médico de Medicina Responsable. "Contiene una mezcla de gases y partículas finas, especialmente PM2,5, capaces de penetrar profundamente en los pulmones e incluso pasar al torrente sanguíneo".

Estas partículas microscópicas pueden desencadenar una respuesta inflamatoria que no se limita al aparato respiratorio. Además de irritación de ojos, nariz y garganta, la exposición al humo puede provocar tos, dificultad respiratoria y empeorar enfermedades como el asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). En personas con patologías cardiovasculares, la inflamación y el estrés fisiológico asociados a esta exposición también pueden favorecer arritmias, infartos o incluso ictus.

Los grupos más vulnerables son los niños, las personas mayores, las embarazadas y quienes padecen enfermedades respiratorias o cardiovasculares crónicas. "En estos pacientes el humo no solo irrita; puede agravar una enfermedad ya existente o precipitar un episodio agudo que requiera atención médica", advierte el doctor Gargantilla.

El doctor recuerda además que los efectos sobre la salud no siempre aparecen de forma inmediata. En personas especialmente frágiles, el impacto puede manifestarse horas o incluso días después de la exposición y prolongarse durante semanas.

Por ello, recomienda reducir al máximo la exposición al humo: permanecer en interiores con puertas y ventanas cerradas cuando sea posible, evitar el ejercicio físico al aire libre y mantener el tratamiento habitual en pacientes con asma, EPOC o enfermedades cardíacas. Si aparecen síntomas como dificultad respiratoria progresiva, dolor torácico, confusión, labios azulados o un claro empeoramiento de una enfermedad crónica, es fundamental buscar atención médica urgente.

El Ministerio de Sanidad, por su parte, ha publicado el informe "Recomendaciones sanitarias en situaciones de incendios forestales 2026", en el que alerta de la elevada toxicidad de las partículas PM2,5 generadas por el humo y de sus efectos respiratorios, cardiovasculares y neurológicos. Según un estudio europeo recogido en el informe, las partículas finas PM2,5 procedentes de estos episodios pueden presentar una toxicidad superior a la de otras fuentes de contaminación, como el tráfico rodado, por su composición química y su elevado potencial oxidativo.

El informe señala que pequeños incrementos en la concentración de estas partículas se asocian con un aumento de la mortalidad general del 0,7%, porcentaje que alcanza el 1,3% en el caso de las enfermedades respiratorias. Además de los efectos ya conocidos sobre el sistema respiratorio y cardiovascular, el Ministerio de Sanidad advierte de otros riesgos para el organismo asociados a la exposición prolongada al humo de incendios forestales.

El documento también analiza cómo el humo puede influir en el sistema nervioso, debido a que las partículas más pequeñas tienen capacidad para alcanzar el tejido cerebral. Según la evidencia científica analizada, esta exposición se estudia como un factor que podría afectar a la salud neurológica con el paso de los años, además de poder influir puntualmente en la concentración y la atención en personas adultas.

Por ello, el Ministerio insiste en la importancia de protegerse adecuadamente. Entre las principales recomendaciones figuran permanecer en interiores con las ventanas cerradas y utilizar mascarillas FFP2 o N95 en caso de exposición, dado que las mascarillas quirúrgicas, los pañuelos o las bufandas no ofrecen una protección segura frente a las partículas del humo.

Una situación anunciada

Pero detrás de las imágenes de enormes columnas de humo, carreteras cortadas y miles de vecinos desalojados hay una realidad que los científicos llevan años advirtiendo: los incendios forestales son cada vez más intensos y más difíciles de extinguir. "Es la crónica de una situación anunciada". Así resume Juli G. Pausas, profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), lo que está ocurriendo estos días, en declaraciones al SMC.

El investigador recuerda que desde hace décadas la comunidad científica viene alertando de que el aumento de las temperaturas derivado del cambio climático incrementaría la frecuencia, el tamaño y la intensidad de los incendios forestales. "Una vez hemos aceptado, como sociedad, cambiar el clima, estos incendios pasan a estar dentro de la normalidad; es decir, es lo que esperábamos", afirma.

Según explica Pausas, las altas temperaturas registradas durante las últimas semanas y las sucesivas olas de calor han creado unas condiciones en las que prácticamente cualquier tipo de vegetación puede arder. "El verano pasado vimos arder bosques de hayas (Fagus sylvatica), algo inesperado", recuerda.

Aunque desde el punto de vista ecológico muchas especies mediterráneas están adaptadas al fuego y pueden recuperarse, Pausas advierte de que el problema es mucho mayor cuando las llamas alcanzan ecosistemas de montaña, donde la vegetación presenta menor capacidad de regeneración.

Para Víctor Resco de Dios, profesor de Ingeniería Forestal y Cambio Global de la Universidad de Lleida e investigador de Agrotecnio, estos incendios son el resultado de dos procesos que llevan décadas acumulándose. Por un lado, explica, el abandono del medio rural ha permitido que los montes acumulen grandes cantidades de biomasa, es decir, combustible disponible para arder. Por otro, el calentamiento global ha incrementado la capacidad de la atmósfera para secar la vegetación. "La intensidad de las temporadas de incendios ha aumentado entre un 30 y un 40 % en las últimas décadas. Llevamos advirtiendo de esto muchos años", señala.

El experto insiste además en desmontar uno de los mitos más extendidos: no es el tipo de árbol lo que determina la violencia del fuego, sino la cantidad y continuidad del combustible. "Lo importante no es el tipo de vegetación, sino cuánta biomasa existe y cómo está conectada espacialmente", explica. Por ello, defiende la creación de paisajes en mosaico que interrumpan la continuidad forestal y permitan frenar el avance de las llamas y facilitar el trabajo de los equipos de extinción.

Todo ello confirma que los incendios forestales ya no representan únicamente un problema ambiental. Su impacto alcanza también a la salud pública, la seguridad de la población y la planificación del territorio, en un escenario que los expertos consideran cada vez más frecuente como consecuencia del cambio climático.

 



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