
Por Clara Arrabal
23 de febrero de 2026En el Centro Perinatal de Jersón, una de las ciudades más bombardeadas y peligrosas de Ucrania, da comienzo la segunda cesárea del día. Ahora, y desde que Rusia ataca al país, los médicos prefieren programar los partos para asegurarse de que no coincidan con ningún corte de luz, a pesar de que este método suponga mayores perjuicios para la salud de las mujeres.
Ya casi está terminando la intervención cuando empieza a sonar la alarma antiaérea. Rusia está bombardeando el hospital y sus cimientos, sus grandes ventanales de cristal y todo el material dispuesto sobre la mesa de operaciones empieza a temblar. “Absolutamente todo. Imagínatelo”, relata a Medicina Responsable María Senovilla, tras vivirlo en primera persona. Como si fuera fácil.
Los médicos permanecen en silencio y mantienen la concentración. Todas las luces se apagan de golpe, pero ellos agudizan la vista y fijan su mirada en la paciente. “¿Y ahora qué pasa?”, pregunta Senovilla a la enfermera, intuyendo su rostro entre la oscuridad. “Nada. No pasa nada. La cesárea no puede pararse”, dice en su idioma natal. “¿Y si bombardean esta parte del hospital?”, insiste la española. “Mientras no bombardeen este quirófano en concreto, seguimos”.
Entonces, Senovilla para en seco su narración, en un intento por recordar. Suspira, resignada. "Aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor ese hospital ya no existe porque lo han atacado varias veces y creo que la última lo dejaron prácticamente destruido”, explica la corresponsal de guerra, que ha sido desde hace cuatro años la encargada de enviar la información del frente ucraniano a los medios de comunicación más destacados de España. Y también de la situación de los centros y profesionales sanitarios y de los enfermos.
Entre algunas de sus memorias más destacadas de la terrible situación de Ucrania, Senovilla recuerda el día que bombardearon el Hospital Oncológico Infantil de Kiev. Era julio de 2024. "Eso fue un misilazo", apunta. De los dos edificios que componían el centro, uno quedó hecho escombros: el que albergaba el riñón artificial de los niños que necesitaban diálisis, la zona de quimioterapia o los laboratorios. "No había nada que reparar. Lo desescombraron a mano, delante de mí, para sacar a la gente que se había quedado debajo", explica.
Sin embargo, el edificio principal sobrevivió y, aunque con todos los cristales rotos y los quirófanos afectados, pudo reconstruirse. "En aquel momento, los casi 700 pacientes pediátricos que estaban ingresados se derivaron a otros sitios. Y entre ellos había niños conectados a máquinas", aclara. Para ello, los sacaron del hospital y los llevaron a otros centros o a sus propias casas. "Pero no hay forma de seguir esas 700 historias. Hay muchos que, aunque no mueran en el bombardeo, mueren por el bombardeo. Durante los traslados, por las heridas días más tarde, por la falta de medios...", lamenta Senovilla.
Además, señala que a estos habría que sumar los que tienen que detener sus tratamientos o los que fallecen por no hacerse las pruebas de control y prevención. "Y cuando van a un hospital operativo, ya no se puede hacer nada por sus vidas. Porque, si no ven su vida peligrar, no se arriesgan a salir de casa", añade.
"¿Y los médicos de Ucrania? ¿Qué es de ellos?", es preguntada la periodista. En este caso no necesita hacer memoria. "Son resilientes pero también están muy agotados", responde, destacando su profesionalidad a pesar de trabajar en condiciones extremas. "Cuando entras a un hospital, te siguen obligando a ponerte calzas en los zapatos por muy dañado que esté, algo que en España no se hace. De hecho, hace poco pasé a un quirófano y... ¡no veas que marcaje!", explica, haciendo referencia a una enfermera que ella recuerda como “una señora mayor con cara de pocos amigos” que le amenazaba con echarla del quirófano cada vez que se acercaba. "Querían limpiarme las cámaras con alcohol, y no les dejé", añade.
Lo cierto es que, en Ucrania, una parte de la población médica se ha ido del país porque "a pesar de ser médicos, son papás y mamás", y quieren que sus hijos estén a salvo. Otros cuantos se han desplazado a la zona oeste del país (la menos atacada) "porque no quieren vivir bajo las bombas, y es perfectamente entendible".
"También ha habido médicos que vivían en lugares seguros y se han ido al frente para atender a los heridos. Y otros profesionales de la salud civiles que se han enrolado en las fuerzas armadas como expertos militares porque saben que es donde más se necesita su trabajo: en el campo de batalla. Ellos quieren salvar vidas ucranianas", argumenta Senovilla, sin ánimo de generalizar, ya que "cada historia es un mundo y están haciendo todo lo que pueden con lo que tienen: mucho agotamiento y pocos recursos".
Por último, la periodista destaca algo que considera positivo, aunque luego recula: "Si es que hay algo bueno de todo esto". Según Senovilla, los médicos ucranianos "están haciendo un máster en todo tipo de heridas provocadas por la guerra", como en bombardeos o debido a las amputaciones. "Dudo que en el resto de Europa haya tantos profesionalizados especializados en este tipo de casos, y también en psicología y salud mental a consecuencia de la guerra. En Ucrania hay médicos que podrían darnos clase al resto de países de Europa", finaliza la periodista.