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El Fonendo

Publicidad engañosa

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Por Luis del Val

5 de septiembre de 2022

Publicitar un fármaco es una tarea peligrosa. Por un lado, el motivo es animar a su compra y a su consumo, porque ese es el objetivo de cualquier publicidad, pero un fármaco no es un producto cualquiera, no es un objeto que si despierta más expectativas en su uso, y en realidad no es así, sólo producirá frustración, o un espectáculo en el que te pueden decir que no pararás de reírte, aunque luego sólo esboces alguna leve sonrisa desde el patio de butacas. 


No me refiero a las advertencias sobre los efectos secundarios, que en eso, todos los laboratorios actúan con una escrupulosidad casi excesiva, porque si te llegas a leer todo el contenido de lo que se relata, puede que llegues a la conclusión hiperbólica de que es menos peligroso no tomarlo, que soportar el dolor que padeces. Hablo de ese entusiasmo en el redactor publicitario, que puede que olvide que lo que está incitando a consumir no es un refresco. 


En Estados Unidos, por ejemplo, son más estrictos que en la Unión Europea a la hora de vigilar lo que denominaos publicidad engañosa. El estado de New Hampshire, por ejemplo, ha llegado a un acuerdo y los laboratorios Johnson & Johnson han abonado una cantidad en dólares equivalente a cuarenta millones de euros. El publicitario se pasó escribiendo que los opiáceos no son aditivos. Y no es verdad. Ni siquiera me atrevo a pedir que seamos más estrictos en la vigilancia, pero sí más prudencia en los laboratorios.



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